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miércoles, 31 de agosto de 2011

Carla Bodoni: rara avis

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Carla Bodoni: rara avis

  por Rrose
Carla Bodoni, Stephen Vincent Benét y Sylvia Beach en la librería Shakespeare & Company, París, 1921

De sobra se ha demostrado que la escasez de datos y las lagunas biográficas benefician en mucho a las grandes figuras literarias. La correspondencia incompleta y los frágiles testimonios orales en torno a Rimbaud no han hecho más que delimitar un seductor abismo que nunca podrá recomponerse del todo, de igual modo que la parca biografía de Isidore Ducasse se ha convertido en pasto de elucubraciones de todo tipo. En Los detectives salvajes (1998) Roberto Bolaño narraba la convulsa odisea de dos poetas en su denodado empeño por recomponer la trayectoria vital de Cesárea Tinajero, una musa de la literatura de vanguardia mexicana cuyo rastro se pierde en el Desierto de Sonora. Algo similar ocurre con la figura de Carla Bodoni, sobre todo porque, en este caso, la escasez de datos fehacientes contrasta con un auténtico aluvión de testimonios dispares que dibujan la silueta de una mujer que, a pesar de haber desempeñado un rol fundamental en el desarrollo de la literatura del siglo XX, parece no haber hecho gala más que de una extremada discreción. Una breve semblanza de Carla nos cuenta que fue

de profesión prototipógrafa, gran erudita y conocedora de lenguas orientales que tuvo a gala imprimir sus libros sin erratas.

Los documentos más antiguos sitúan sus orígenes en Canadá, en el territorio del Yukón para ser más precisos, pero ¿proviene acaso su apellido del insigne tipógrafo GiambattistaBodoni (1740-1813)? No hay modo de comprobarlo. Hasta las fotografías de Carla son escasas, y allí donde por accidente se dejó capturar por la cámara aparece siempre oculta bajo su proverbial y enorme sombrero. Mucho más abundantes son las publicaciones donde se recogió su participación o que tratan directamente acerca de ella, en clave literaria o científica.

Carla Bodoni en las revistas Maintenant (1914) y Dada (1920)

Carla Bodoni fue la fundadora de la Fundación Rara Avis, cuyo objetivo principal era el mecenazgo literario mediante la convocatoria de concursos y certámenes, así como la“creación de espacios que consagraron la ciudad de París como referente artístico”. Si revisamos atentamente el rico fondo documental de la Fundación -del que se nos ofrece una pequeña selección en la web Rara Avis. Expedientes- comprobaremos que esta mujer singular tuvo siempre el don de la oportunidad y quién sabe si no poseyó también el de una sobrenatural ubicuidad. Su nombre aparece en las principales revistas de la literatura de vanguardia francesas: en 1914 junto a Arthur Cravan en Maintenant; en 1919 junto a Tzara, Duchamp y Apollinaire en 391; en 1920 junto a Breton, Aragon o Picabia en Dada, y acompañando a André Gide, Max Jacob y Marinetti en la primera época de Littérature; en abril de 1922 junto a Éluard, Soupault y Huidobro en Le Coeur à Barbe; Se rumorea que a lo largo de los años veinte codirigió en la sombra, junto a André Gide, la Nouvelle Revue Française, y se sospecha que la apertura de la célebre librería Shakespeare & Companyregentada por Sylvia Beach -a través de la cual pudo editarse por primera vez y libre de la censura el Ulysses de James Joyce- no habría sido posible sin el mecenazgo de ese desconocido pilar central de las letras europeas que fue Carla Bodoni. Sin duda fue la musa de incontables escritores y artistas: su inconfundible perfil aparece entre los recortes de estampas de Une Semaine de Bonté (1934) de Ernst, Roberto Arlt la convirtió en el motivo de los Tres cuentos en torno a Carla Bodoni (1937), Clarice Lispector publicó en 1967 en Río de Janeiro O retrato de Carla, y Eugène Ionesco le dirigió dos fascinantes Cartas en 1988. Hasta el mismísimo Stravinsky compuso una suite de ballets inspirados en ella. No es de extrañar, por tanto, que la prestigiosa hispanista Katherine Whitmore le dedicara un riguroso pero inútil estudio en 1942, y que Kingsley Amis intentara en vano sintetizar todas las facetas de Bodoni en The other lives of Carla B. (1965).

Cubierta de The Bodoni Case (1942), de Katherine Whitmore; Cubierta de The other lives of Carla B. (1965) de Kingsley Amis

Lo más probable es que un servidor jamás hubiera cruzado su camino con el de Carla de no ser porque el sitio web Rara Avis. Expedientes me ofrecía la posibilidad de consultar varios documentos relacionados con Ramón Gómez de la Serna. Para mi sorpresa el perfil de la Bodoni aparecía entre la miríada de imágenes del estampario de Ramón en la famosa fotografía del despacho de la calle Villanueva tomada por Alfonso; el nombre de Carla se reconocía también entre la maraña de la Instantánea del cerebro de Ramón que dibujóOliverio Girondo, y al parecer la Bodoni había sido incluso el motivo de uno de los dibujosgreguerísticos de Ramón. ¿Quién demonios era aquella fascinante mujer de la que yo no había oído hablar jamás y de la que sin embargo se conservaban documentos excepcionales? Era un como pozo sin fondo de información para mis inventarios ramonianos. Pero nada hubiera alimentado mejor mis sospechas que, precisamente, aquella apabullante proliferación de datos meramente circunstanciales que en su conjunto se presentaban como una impostura maravillosamente bien compuesta, al estilo de la cultura-ficción de Borges en su Historia Universal de la Infamia, de Bolaño en su falsa recensión deLa literatura nazi en América, o de Vila-Matas en la Historia abreviada de la literatura portátil.

Carla Bodoni en el estampario de Ramón Gómez de la Serna, fotografía de Alfonso Sánchez Portela, ca. 1932 (Haz click sobre la imagen para encontrar a Carla Bodoni, y haz click aquí para ver la fotografía original)

Lo más divertido es que la relación de Ramón con una mujer como Carla era plausible. El madrileño había dedicado espacio en sus libros a mujeres como Sonia Delaunay, Norah Borges o Marie Laurencin, pero me constaba que, al menos en lo que concernía a Ramón, todos y cada uno de aquellos documentos habían sido cuidadosamente falsificados. El creador de aquella brillante impostura sabía bien que hay un momento crucial en el proceso de elaboración de toda ficción en el que una imagen puede, por pura inercia cultural, convertirse en un gran punto de apoyo, y esto a pesar de que todo documento (ya sea escrito, impreso o fotográfico) lleva indisolublemente emparejados el mito de la veracidad y el peligro de la falsificación. En 1965 Antoni Tàpies y Joan Brossa colaboraron en la creación de un libro de artista titulado Novel·la y que consistía en la sucesión, cronológicamente ordenada, de una serie de documentos oficiales relativos a un sujeto ficticio, desde la partida de nacimiento hasta la de defunción, comprendiendo toda la panoplia de certificados académicos, militares, religiosos y civiles que le hubieran sido entonces propios a cualquier ciudadano común. En aquella ocasión la fría sucesión de documentos venía contrarrestada por los trazos oscuros y violentos con los que Tàpies manchaba y empañaba el rigor propio de aquellos papeles. Y es que hay otro punto crucial en la elaboración de una impostura: la solidez de una mentira viene dada también por su nivel de plausibilidad, y este era sin duda uno de los puntos fuertes de Carla.

Carla Bodoni inspiró a Igor Stravinsky su Jeu de danses (Suite de Ballet “Histoire de Carla”). Diseño de Erik Nitsche para Decca

Como ocurría con la Novel·la del tándem Tàpies-Brossa, tras Carla Bodoni y cada uno de los fabulosos expedientes custodiados por la Fundación Rara Avis no se esconde otra cosa que una obra literaria, un libro titulado 

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Carla Bodoni: rara avis

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Carla Bodoni: rara avis

  por Rrose
Carla Bodoni, Stephen Vincent Benét y Sylvia Beach en la librería Shakespeare & Company, París, 1921

De sobra se ha demostrado que la escasez de datos y las lagunas biográficas benefician en mucho a las grandes figuras literarias. La correspondencia incompleta y los frágiles testimonios orales en torno a Rimbaud no han hecho más que delimitar un seductor abismo que nunca podrá recomponerse del todo, de igual modo que la parca biografía de Isidore Ducasse se ha convertido en pasto de elucubraciones de todo tipo. En Los detectives salvajes (1998) Roberto Bolaño narraba la convulsa odisea de dos poetas en su denodado empeño por recomponer la trayectoria vital de Cesárea Tinajero, una musa de la literatura de vanguardia mexicana cuyo rastro se pierde en el Desierto de Sonora. Algo similar ocurre con la figura de Carla Bodoni, sobre todo porque, en este caso, la escasez de datos fehacientes contrasta con un auténtico aluvión de testimonios dispares que dibujan la silueta de una mujer que, a pesar de haber desempeñado un rol fundamental en el desarrollo de la literatura del siglo XX, parece no haber hecho gala más que de una extremada discreción. Una breve semblanza de Carla nos cuenta que fue

de profesión prototipógrafa, gran erudita y conocedora de lenguas orientales que tuvo a gala imprimir sus libros sin erratas.

Los documentos más antiguos sitúan sus orígenes en Canadá, en el territorio del Yukón para ser más precisos, pero ¿proviene acaso su apellido del insigne tipógrafo GiambattistaBodoni (1740-1813)? No hay modo de comprobarlo. Hasta las fotografías de Carla son escasas, y allí donde por accidente se dejó capturar por la cámara aparece siempre oculta bajo su proverbial y enorme sombrero. Mucho más abundantes son las publicaciones donde se recogió su participación o que tratan directamente acerca de ella, en clave literaria o científica.

Carla Bodoni en las revistas Maintenant (1914) y Dada (1920)

Carla Bodoni fue la fundadora de la Fundación Rara Avis, cuyo objetivo principal era el mecenazgo literario mediante la convocatoria de concursos y certámenes, así como la“creación de espacios que consagraron la ciudad de París como referente artístico”. Si revisamos atentamente el rico fondo documental de la Fundación -del que se nos ofrece una pequeña selección en la web Rara Avis. Expedientes- comprobaremos que esta mujer singular tuvo siempre el don de la oportunidad y quién sabe si no poseyó también el de una sobrenatural ubicuidad. Su nombre aparece en las principales revistas de la literatura de vanguardia francesas: en 1914 junto a Arthur Cravan en Maintenant; en 1919 junto a Tzara, Duchamp y Apollinaire en 391; en 1920 junto a Breton, Aragon o Picabia en Dada, y acompañando a André Gide, Max Jacob y Marinetti en la primera época de Littérature; en abril de 1922 junto a Éluard, Soupault y Huidobro en Le Coeur à Barbe; Se rumorea que a lo largo de los años veinte codirigió en la sombra, junto a André Gide, la Nouvelle Revue Française, y se sospecha que la apertura de la célebre librería Shakespeare & Companyregentada por Sylvia Beach -a través de la cual pudo editarse por primera vez y libre de la censura el Ulysses de James Joyce- no habría sido posible sin el mecenazgo de ese desconocido pilar central de las letras europeas que fue Carla Bodoni. Sin duda fue la musa de incontables escritores y artistas: su inconfundible perfil aparece entre los recortes de estampas de Une Semaine de Bonté (1934) de Ernst, Roberto Arlt la convirtió en el motivo de los Tres cuentos en torno a Carla Bodoni (1937), Clarice Lispector publicó en 1967 en Río de Janeiro O retrato de Carla, y Eugène Ionesco le dirigió dos fascinantes Cartas en 1988. Hasta el mismísimo Stravinsky compuso una suite de ballets inspirados en ella. No es de extrañar, por tanto, que la prestigiosa hispanista Katherine Whitmore le dedicara un riguroso pero inútil estudio en 1942, y que Kingsley Amis intentara en vano sintetizar todas las facetas de Bodoni en The other lives of Carla B. (1965).

Cubierta de The Bodoni Case (1942), de Katherine Whitmore; Cubierta de The other lives of Carla B. (1965) de Kingsley Amis

Lo más probable es que un servidor jamás hubiera cruzado su camino con el de Carla de no ser porque el sitio web Rara Avis. Expedientes me ofrecía la posibilidad de consultar varios documentos relacionados con Ramón Gómez de la Serna. Para mi sorpresa el perfil de la Bodoni aparecía entre la miríada de imágenes del estampario de Ramón en la famosa fotografía del despacho de la calle Villanueva tomada por Alfonso; el nombre de Carla se reconocía también entre la maraña de la Instantánea del cerebro de Ramón que dibujóOliverio Girondo, y al parecer la Bodoni había sido incluso el motivo de uno de los dibujosgreguerísticos de Ramón. ¿Quién demonios era aquella fascinante mujer de la que yo no había oído hablar jamás y de la que sin embargo se conservaban documentos excepcionales? Era un como pozo sin fondo de información para mis inventarios ramonianos. Pero nada hubiera alimentado mejor mis sospechas que, precisamente, aquella apabullante proliferación de datos meramente circunstanciales que en su conjunto se presentaban como una impostura maravillosamente bien compuesta, al estilo de la cultura-ficción de Borges en su Historia Universal de la Infamia, de Bolaño en su falsa recensión deLa literatura nazi en América, o de Vila-Matas en la Historia abreviada de la literatura portátil.

Carla Bodoni en el estampario de Ramón Gómez de la Serna, fotografía de Alfonso Sánchez Portela, ca. 1932 (Haz click sobre la imagen para encontrar a Carla Bodoni, y haz click aquí para ver la fotografía original)

Lo más divertido es que la relación de Ramón con una mujer como Carla era plausible. El madrileño había dedicado espacio en sus libros a mujeres como Sonia Delaunay, Norah Borges o Marie Laurencin, pero me constaba que, al menos en lo que concernía a Ramón, todos y cada uno de aquellos documentos habían sido cuidadosamente falsificados. El creador de aquella brillante impostura sabía bien que hay un momento crucial en el proceso de elaboración de toda ficción en el que una imagen puede, por pura inercia cultural, convertirse en un gran punto de apoyo, y esto a pesar de que todo documento (ya sea escrito, impreso o fotográfico) lleva indisolublemente emparejados el mito de la veracidad y el peligro de la falsificación. En 1965 Antoni Tàpies y Joan Brossa colaboraron en la creación de un libro de artista titulado Novel·la y que consistía en la sucesión, cronológicamente ordenada, de una serie de documentos oficiales relativos a un sujeto ficticio, desde la partida de nacimiento hasta la de defunción, comprendiendo toda la panoplia de certificados académicos, militares, religiosos y civiles que le hubieran sido entonces propios a cualquier ciudadano común. En aquella ocasión la fría sucesión de documentos venía contrarrestada por los trazos oscuros y violentos con los que Tàpies manchaba y empañaba el rigor propio de aquellos papeles. Y es que hay otro punto crucial en la elaboración de una impostura: la solidez de una mentira viene dada también por su nivel de plausibilidad, y este era sin duda uno de los puntos fuertes de Carla.

Carla Bodoni inspiró a Igor Stravinsky su Jeu de danses (Suite de Ballet “Histoire de Carla”). Diseño de Erik Nitsche para Decca

Como ocurría con la Novel·la del tándem Tàpies-Brossa, tras Carla Bodoni y cada uno de los fabulosos expedientes custodiados por la Fundación Rara Avis no se esconde otra cosa que una obra literaria, un libro titulado 

"...aparte de mi estricta felicidad personal, no me ha importado realmente nada en la vida aparte de los libros..."

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Lectura “artística”, lectura “de oficio”: ¿Qué tiene eso que ver con quien soy? Si en el fondo, aparte de mi estricta felicidad personal, no me ha importado ni me ha interesado realmente nada de nada en la vida aparte de los libros (o, para ser más exactos, las obras: los cuadros, las películas, los escritos: las cosas que hace el hombre, más ellas que el hombre mismo, y, aún así, entendiendo por cosas que hace, los productos artísticos, no los actos exteriores, y si Trotski me fascinó fue precisamente por tratarse de un ejemplo –uno de los más altos y también el más turbador, porque ni se quedó en un plano solo teórico ni tampoco pudo ponerse en práctica del todo: una mezcla de Fourier y Robespierre, más radical, más puro, más intransigente- de una inteligencia aplicada a la producción de una nueva forma de vida: la revolución permanente, es decir, la vida como poema); y si, no interesándome nada más que los libros, o para ser más exacto, las obras artísticas, no soy, con todo, un archivero o un coleccionista o un bibliotecario, si soy más bien desordenado y expeditivo, y, con todo, y al mismo tiempo, no puedo soportar en el trabajo la más mínima falta de rigor pero tampoco la rutina, y, precisamente, la mezcla de chapucería en algunos maestros, de inercia y de desinterés en otros – y, junto a esto, perdiéndose entre tanta necedad, la genuina ilusión de unos cuantos que sí sabían lo que hacían- me hizo moralmente imposible acabar la carrera de Filosofía y Letras, precisamente a mí, que tan tolerante había sido en Derecho con el mismo tipo de defectos, porque tomaba el Derecho como una simple disciplina abstracta, un ejercicio de neutralidad perfecta, todo lo átono y preciso que se quiera (la neutralidad, la precisión, al servicio del apasionamiento: eso es lo que me fascina de en Trotski, y si lo miro bien, también en la prosa de Une saison en enfer o de Les chants de Maldoror); si, en consecuencia, todo lo pido a los libros, ¿no es porque les pido, de hecho, aquello que los demás hombres piden a la vida? Y verdad es –Rimbaud, Lautréamont están aquí para recordármelo- que me lo pueden dar. Esta sequedad de ahora (digo sequedad en el sentido de aridez, de ausencia de sustento interior, como los místicos castellanos), no viene, pues, de los libros: viene de mí. De la misma manera que si ahora tú –que no pides a la música nada distinto de lo que yo pido a Rimbaud o a Lautréamont- no encuentras lo que encontrabas antes en una pieza (y lo que buscas y no encuentras es lo mismo que busco yo en un libro: el enlace, la conexión con el mundo interior, que nos hace sentir que existir, realmente existir, es solo existir de aquella manera precisa), no es la pieza lo que ha cambiado; quien ha cambiado eres tú.

Pere Gimferrer. El agente provocador. Barcelona: Ediciones Península, 1998. Traducción de Basilio Losada. pp. 21-24

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"...aparte de mi estricta felicidad personal, no me ha importado realmente nada en la vida aparte de los libros..."

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Lectura “artística”, lectura “de oficio”: ¿Qué tiene eso que ver con quien soy? Si en el fondo, aparte de mi estricta felicidad personal, no me ha importado ni me ha interesado realmente nada de nada en la vida aparte de los libros (o, para ser más exactos, las obras: los cuadros, las películas, los escritos: las cosas que hace el hombre, más ellas que el hombre mismo, y, aún así, entendiendo por cosas que hace, los productos artísticos, no los actos exteriores, y si Trotski me fascinó fue precisamente por tratarse de un ejemplo –uno de los más altos y también el más turbador, porque ni se quedó en un plano solo teórico ni tampoco pudo ponerse en práctica del todo: una mezcla de Fourier y Robespierre, más radical, más puro, más intransigente- de una inteligencia aplicada a la producción de una nueva forma de vida: la revolución permanente, es decir, la vida como poema); y si, no interesándome nada más que los libros, o para ser más exacto, las obras artísticas, no soy, con todo, un archivero o un coleccionista o un bibliotecario, si soy más bien desordenado y expeditivo, y, con todo, y al mismo tiempo, no puedo soportar en el trabajo la más mínima falta de rigor pero tampoco la rutina, y, precisamente, la mezcla de chapucería en algunos maestros, de inercia y de desinterés en otros – y, junto a esto, perdiéndose entre tanta necedad, la genuina ilusión de unos cuantos que sí sabían lo que hacían- me hizo moralmente imposible acabar la carrera de Filosofía y Letras, precisamente a mí, que tan tolerante había sido en Derecho con el mismo tipo de defectos, porque tomaba el Derecho como una simple disciplina abstracta, un ejercicio de neutralidad perfecta, todo lo átono y preciso que se quiera (la neutralidad, la precisión, al servicio del apasionamiento: eso es lo que me fascina de en Trotski, y si lo miro bien, también en la prosa de Une saison en enfer o de Les chants de Maldoror); si, en consecuencia, todo lo pido a los libros, ¿no es porque les pido, de hecho, aquello que los demás hombres piden a la vida? Y verdad es –Rimbaud, Lautréamont están aquí para recordármelo- que me lo pueden dar. Esta sequedad de ahora (digo sequedad en el sentido de aridez, de ausencia de sustento interior, como los místicos castellanos), no viene, pues, de los libros: viene de mí. De la misma manera que si ahora tú –que no pides a la música nada distinto de lo que yo pido a Rimbaud o a Lautréamont- no encuentras lo que encontrabas antes en una pieza (y lo que buscas y no encuentras es lo mismo que busco yo en un libro: el enlace, la conexión con el mundo interior, que nos hace sentir que existir, realmente existir, es solo existir de aquella manera precisa), no es la pieza lo que ha cambiado; quien ha cambiado eres tú.

Pere Gimferrer. El agente provocador. Barcelona: Ediciones Península, 1998. Traducción de Basilio Losada. pp. 21-24

“Don’t take anything personally..."

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“Don’t take anything personally. Nothing others do is because of you. What others say and do is a projection of their own reality, their own dream. When you are immune to the opinions and actions of others, you won’t be the victim of needless suffering.”

 - Don Miguel Ruiz

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“Don’t take anything personally. Nothing others do is because of you. What others say and do is a projection of their own reality, their own dream. When you are immune to the opinions and actions of others, you won’t be the victim of needless suffering.”

 - Don Miguel Ruiz

martes, 30 de agosto de 2011

Gallows - True Colours

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Cold Eye by Helmut Newton

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Cold Eye by Helmut Newton

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“Corporations are getting better and better at seducing us into thinking the way they think..."

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“Corporations are getting better and better at seducing us into thinking the way they think—of profits as the telos and responsibility as something to be enshrined in symbol and evaded in reality. Cleverness as opposed to wisdom. Wanting and having instead of thinking and making. We cannot stop it. I suspect what’ll happen is that there will be some sort of disaster—depression, hyperinflation—and then it’ll be showtime: We’ll either wake up and retake our freedom or we’ll fall apart utterly. Like Rome—conqueror of its own people.”David Foster Wallace, The Pale King

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“‎When I was in my twenties I felt that if I felt bad all the time that that was a sign of knowing something..."

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“‎When I was in my twenties I felt that if I felt bad all the time that that was a sign of knowing something. You know, born to die, born to be pissed upon by the snappish female, born to work the factory, born into a nation of presidents who one after the other all seemed somewhat like your father, born to have the talentless famous rammed down your craw, etc. No matter - a man can be happy in a private way, without braggadocio, and that’s how I feel now.”~ Charles Bukowski

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C215 / Street Artist

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lunes, 29 de agosto de 2011

“In the mirror, I see myself there where I am not..."

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“In the mirror, I see myself there where I am not, in an unreal, virtual space that opens up behind the surface; I am over there, there where I am not, a sort of shadow that gives my own visibility to myself, that enables me to see myself there where I am absent: such is the utopia of the mirror.”Michel FoucaultOf Other Species (1967), Heterotopias

“In the mirror, I see myself there where I am not..."

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“In the mirror, I see myself there where I am not, in an unreal, virtual space that opens up behind the surface; I am over there, there where I am not, a sort of shadow that gives my own visibility to myself, that enables me to see myself there where I am absent: such is the utopia of the mirror.”Michel FoucaultOf Other Species (1967), Heterotopias

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JOY OF DESTRUCTION

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miércoles, 24 de agosto de 2011

Histoire un-Naturelle Selected works by Ruth Marten

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Ruth Marten


In Ruth Marten's remarkable world, Pinnipeds and Quadrupeds must fight off the advances of hirsute Lotharios while foot fetishists with marcelled hair ride side-saddle with birds who collect rare editions of Une semaine de bonté. The statues wonder how long their underarm hair can grow. A nose huffs the upholstery when no one is looking. Conspirators of Pleasure, all of them. All of us.

Hirsute, ink on found print, 2007 (c) Ruth Marten

Tress, ink on found print, 2011 (c) Ruth Marten

Foot, ink on found print, 2011 (c) Ruth Marten

Arm, ink on found print, 2011 (c) Ruth Marten

Nose, ink on found print, 2011 (c) Ruth Marten

Ladies Goods, ink on found print, 2008 (c) Ruth Marten

Les Phoques, ink on found print, 2007 (c) Ruth Marten

Native Girl, ink on found print, 2007 (c) Ruth Marten

Side-Saddle, ink on found print, 2009 (c) Ruth Marten

Vapors, ink on found print, 2008 (c) Ruth Marten


Faustina, Moglie de..., ink on found print, 2007 (c) Ruth Marten


Propriety, ink on found print, 2009 (c) Ruth Marten

Zoophilia, ink on found print, 2007 (c) Ruth Marten

Gathering, ink on found print, 2009 (c) Ruth Marten

Clothilde, ink on paper, 1998 (c) Ruth Marten

The artist's bio

Born and living in N.Y., Ruth Marten has worn several hats, in spite of the hair. From 1972 to 1980 she was an important figure in the tattoo underground and, as one of the few women practicing the craft, influenced people's ideas about body decoration. Working during the disco and punk era, she also tattooed in the Musee D'Art Moderne de La Ville de Paris during the 10th Biennale de Paris in 1977.

Hired by Jean-Paul Goude for her first illustration (and for 30 years after) she illustrated books, albums and magazines and is most associated with the "Year in Provence" books of Peter Mayle, art-directed for A.A.Knopf by Carol Devine Carson. That love of the printed image informs her newest interest: changing, through over-drawing and collage, the configuration and content of 18th century engravings.

Her book "Histoire un-Naturelle," published for her 2007 London exhibit at Isis Gallery, is a catalogue of the work that came on the heels of a 17 year obsession with hair. Her drawing, painting and sculpture has been exhibited at the Aldrich Museum, the Tang Museum, the Halsey Institute, and is represented in many collections -- most recently in the de Young Museum in San Francisco.

Filed under aug. 2011ruth marten 
 
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